Amores de Verano
Fuí a un colegio donde sólo había chicos. Ni siquiera he tenido primas de mi edad así que el verano era la mejor estación para relacionarme con esos seres extraños que eran las chicas. En verano si había chicas. Yo lo esperaba impaciente, como el que espera que un día de invierno nieve en esta ciudad de río y viento. El campamento de verano, la playa, la plaza de debajo de casa y la piscina eran los lugares de mis amores de verano. Duraban poco, pero ayyyyy, ¡cómo eran!, tan intensos que me pasaba todo el otoño soñando con otro verano, y por suspuesto sufriendo. El amor de verano, aunque fuera un niño, también me hacía sufrir, nada era gratuito, el amor de verano tenía su desamor de otoño. Mi primer beso fue con un amor de verano, no podía ser de otra manera. Aquel rompeolas con un pequeño faro rojo al final fue testigo. Fue un beso salado como el mar, iluminado por una bombilla que repartía su luz entre los barcos y dos adolescentes para que nadie chocara contra las rocas. A veces pienso que en mi vida sólo caben los amores de verano, los besos salados y los faros con luces rojas. Si un día estoy convencido de que tengo un amor como aquellos de verano, me compraré una casita en una playa, en un lugar donde solo haya eso, verano, y con mi vieja mochila como único equipaje me iré allí con ella, para no tener un desamor de otoño. Para seguir viendo esa luz roja intermitente al final de las rocas.